Qué frágil lucía el mundo, pasando frente a mis ojos como un torbellino voraz. Pero frágil. Como si tuviera sus debilidades. Mientras respirábamos aire nocturno, me aferró con la fuerza de la vida. El destino, decíamos, palpitaba por los dos. Dubitativo, te contesté.
Recorrió mis manos con las suyas, con una suavidad desconocida para mí. Me alejaba. Me buscaba y me tomaba por la cintura. (Un escalofrío me recorría de punta a punta). Pero no quería. Me asustaba abrir mis ojos. Le huía. Le temía.
Como si en realidad tuviera todo el poder para destruírme.