Tenía diecisiete años, vos tenías quince. Eras más chico que yo y sin embargo me cambiaste todo. La primera vez que realmente te vi , que no te pasé por encima con la mirada, fue el 5 de diciembre del 2011. En el mismo colegio que presenció tanto de nosotros (tengo la ilusión todavía que estos últimos años yo estuve en otro plano, y que voy a volver a aparecer en el colegio con vos, todavía siendo 2011, 2012, 2013).
La vida nos maltrató. Nos llevó hasta la cima, para después arrojarnos a lo más bajo, a lo peor que alguna vez pude haberme imaginado. Plasmé en mi cabeza la idea de separarnos para siempre, no vernos más (pero a futuro, encontrarnos casi en una casualidad remota, en alguna calle del centro). Jamás imaginé tu partida terrenal. No me entró en la cabeza y no me entra ahora. Nunca pude haber imaginado que una semana después de haberte visto por última vez y haberte abrazado, te estaría yendo a ver a tu nicho, al lugar al que llaman el eterno descanso. ¿Por qué fui despojada de todo? Me perdí para siempre cuando te perdí. Hoy, casi cuatro años después, no puedo creerlo. Sigo soñando, sigo teniendo pesadillas, sigo anhelando verte al despertar. Pero cuando abro los ojos no hay nada. No hay. El vacío me consume la mente y el corazón. Me piden por favor que mire hacia adelante, que deje de vivir en el pasado. Las dos psicólogas también. Pero ellos no saben lo que es estar acá, mientras la persona que más quisiste en el mundo está alla - o no está -. Nos repetíamos el uno al otro "nos encontramos en el lugar y en el momento equivocado", casi como un preludio a la tragedia que yo ignoraba iba a ocurrir. No quiero creer que él siempre lo supo. Que todo iba a terminar de una manera fatal e irreversible.
